Basta que haya pasado el eterno verano, para que comencemos a conocer cuáles serán las directrices de Eurovisión 2013. De seros sincero, esperaba que Suecia se implicara en el Festival de esta forma: todos los países nórdicos lo han hecho así. Incluso si me apuráis, Alemania lo hizo.

Pero, ¿el qué? ¿qué hicieron o harán? Hacer ‘Filosofía de Eurovisión’. Creedme si os digo que es lo que más idolatro del festival: la filosofía y sociología de él. ¿Y acaso hay verdades absolutas sobre Eurovisión? Para mí sí, pero forma parte de mi relativismo y subjetivismo, algo que todos tenemos interiorizado, aunque también depende de la persona, qué queréis que os diga.

La filosofía de Eurovisión, para mí, es su alma. Y hemos pasado por Festivales sin ningún tipo de alma: ejemplos evidentes han sido Bakú 2012 y Moscú 2009. Festivales que concebían la ética eurovisiva en lo grande y faraónico, y que perdían lo esencial, el recuerdo: el alma. Nada podía hacer pensar a un pakistaní que estaban todos unidos por una misma razón: el Festival; sino que se basaba en una simple consecución de canciones empastadas, de artistas que sufrían por intentar llenar un escenario que dejaba la boca abierta a muchos y que a otros nos horroriza. Muy pocos consiguieron llenar ese escenario, tan sólo los más inteligentes, como Patricia Kaas o Jade Ewen, quienes jugando con el plano corto y la magia de sus canciones, eclipsaron semejante espacio innecesario.

 


Acabó Eurovisión 2009 y la magia del concepto ‘Eurovisión’ volvió a cobrar la coherencia perdida en las tierras rusas. Los noruegos recogían nuevamente el concepto de ‘Festival de Eurovisión’ que tan bien habían guiado los suecos en el año 2000. Un concepto de magia, compañía, coherencia y música, que nos trajo un Festival espectacular en calidad de canciones y tremendamente intimista. Un intimismo que siendo fácil de aprovechar, muchos no supieron hacerlo. Contradicciones de la Historia, Suecia en el propio concepto que defiende para 2013 cae en 2010 con el ‘This is my life’ de Anna Bergendahl.

Asignatura pendiente para muchos aprovechar grandes espacios y para otros (tengamos en cuenta a Suecia en 2010 como un tropiezo) los espacios pequeños.

¿Y qué nos trae esta fórmula tan amada como odiada por muchos? Atmósfera. Y quien no haya vivido o sepa qué es, no ha visto (realmente) Eurovisión.

No quiero hacer apología ni ideología del Festival, pero vaya por delante que esto es una columna de opinión, y que el objetivismo es tan codiciado como inexistente (para un servidor).

Considero que Suecia, de manera muy inteligente, vuelve a los inicios del Festival. Vuelve a nutrirse de sus raíces, de un Festival de corte italiano, al Festival de la Canción italiana de Sanremo. Curioso que los suecos quieran hacer un Festival de esencia italiana, pues su rivalidad en Eurovisión es más que comentada. Dos conceptos de música y ejecución totalmente contrapuestos que se unen por crear la atmósfera eurovisiva.

 

            Si somos coherentes, Eurovisión entraba en un bucle de desfasamiento, en el que ganar el Festival suponía vender la marca Eurovisión a lo cafre con un escenario más grande, efectos especiales capaces de eclipsar las voces más inexistentes (Eleftheria calling) y un concepto de música surrealista y decadente, que lleva su decadencia dentro de sí mismo, como un escorpión que se envenena a sí mismo.

            Porque gracias a establecer un proyecto con estas directrices, volveremos a vivir el Festival como un conjunto de cuarenta y pico canciones que son más o menos diferentes pero que comparten una cabecera: el Festival. Esa búsqueda de cantantes que interactúan más allá de una fiesta en el Ayuntamiento de la ciudad elegida, cantantes que se integran y que se conocen, que viven el Festival como una experiencia irrepetible (para muchos repetible, que no nos lea Chiara). En definitiva, un Festival para el recuerdo.

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